martes, 10 de febrero de 2009

INTIMIDAD VS. RATING

Película inteligente y compleja, de muchos niveles de lectura. El show de Truman es un grito de atención hacia donde se encamina una sociedad desensibilizada que asiste como a un espectáculo a las desgracias y miserias de su vecino, donde la libertad del individuo se vulnera por parte de un Estado que sólo precisa de la persona como un instrumento para el poder.

La vertiente moral de la cinta también podría tomar forma de interrogación: ¿hasta dónde tiene derecho la industria del espectáculo a manipular la vida de una persona para convertirla en un show? Y eventualmente: ¿hasta dónde son cómplices los espectadores? El ascenso del film esta sellado por la inocencia, por la toma de conciencia, asfixia y rebelión de Truman hacia la "postura" del director: Peter Weir debe sentirse por lo menos indignado ante semejante estado de las cosas.

The Truman Show se apropia de su excusa más añeja, esa que reza que "al público hay que darle lo que quiere ver". No por nada el film de Weir ocupa cerca de dos horas dándole a su público un show que virtualmente coincide con el de Christof. Y vuelven las preguntas: ¿Es eso lo que quiere ver el público de Weir?

Concurre en que, cuanto menos, el público no quiere ver tanto de eso. No lo necesita, ni siquiera para seguir el hilo argumental. Para Weir, en el fondo, su público no difiere del de Christof (Ed Harris). El show de Truman, es lo que Peter Weir quiere que sus espectadores vean. El hecho de que su impresionante despliegue de producción sea el mismo que el de la película constituye el primer indicio de que The Truman Show lleva el germen de los males que denuncia, que las cámaras estén en la vida privada de alguien. A tal punto que se llega al morbo.

Más allá del tiempo de duración, la primera etapa del film alcanza singulares climas: mucho antes de conocer las claves de lo que acontece, el espectador es invitado a contemplar a Truman Burbank como si se tratase de un ciudadano corriente. Simultáneamente aflora una inquietante sensación de irrealidad, casi de magia. En parte gracias a los encuadres (muchos de los cuales, fueron logrados por las cámaras de TV), en parte por los avisos publicitarios que se cuelan en el show, en parte por la escenografía excesivamente impecable, que es la de la falsificación.

Y en este punto hay que preguntarse ¿cuál es el lugar del espectador real? ¿Se supone que The Truman Show sólo debería ser vista por una masa impensante y cómplice, a la que agrede subliminalmente el director Christof? Si así fuera, deberían haberlo anunciado en los afiches. En cualquier caso, y si es verdad que todo film nos mira (yo creo que lo es), The Truman Show nos mira como tontos.